Era una mañana fría, despejada de nubes pero fría y tocaba salir de patrulla a un pueblo sin nombre, eliminado por la incesante máquina de limpieza étnica.
Cuando llegamos al borde de un recodo del camino, arriba en la montaña, pudimos observar el pueblo, completamente destrozado y desfigurado.
Algunas casas de la periferia humeaban, la noche había sido como la celebración de San Juan como murmuró un compañero.
Bajamos con los 4x4 y los BMR, y al entrar en el pueblo, las miradas de los supervivientes se cruzaron con los nuestras. Odio, recelo, tristeza, impotencia, desespero, vacío.
Observe una cosa curiosa; me llamó la atención que sólo eran mujeres y niños. Ni un solo hombre, solo tres viejos, uno de ellos sin piernas, sentado en la puerta de casa, vestía pantalón de pana y una camisa sucia, lloraba.
Al llegar a la plaza central, había un corro de mujeres alrededor de un árbol, de él, colgaba una cuerda y de la cuerda, una niña de unos 16 años, ya muerta. El sargento de la unidad me ordenó bajarla con un compañero. Olía a meados, semen, alcohol, sangre seca y vómitos, desnuda estaba rígida y fría.
Me da las buenas noches su imagen cada vez que cierro los ojos. El interprete habló con las mujeres, gesticulando y señalando a la niña, que ya estábamos tapando con una manta de las nuestra. Se acercó una mujer mayor de unos 50 años y llorando y gritando, la abrazó. No sabré si era su madre o abuela, seguidamente unas muchachas me empujaron y golpearon para que me apartase de ella. Nos lanzaron piedras y gritaron, supongo que insultos, sólo pude ver que cuando empuñé mi arma con las dos manos, todos cambiaron la mirada, se pararon y quedaron petrificados, quietos, como si hubiese pulsado un botón de stop y el tiempo se hubiese parado, el sargento gritó Eh! Quietos.
Ahora fue el quien pulsó nuestro botón de stop. Nos replegamos a nuestro vehículos y el interprete explicó que la anoche anterior, habían bajado tropas al pueblo, se habían llevado a los muchachos y hombres y a la chica la habían estado violando.
La abuela, cuando escuchó nuestros vehículos, pensó que eran otra vez los soldados, que habían amenazado con volver, y no esperó a que a su niña la volvieran a violar. La rabia que sentí no la puedo describir, ya no volvieron a ser mis patrullas de reconocimiento profundo iguales. A partir de ese momento mi dedo no acariciaba el gatillo del fusil mientras encuadraba mi visor, simplemente daba presión al gatillo. No importa cuantos o donde, hoy me doy cuenta que ni acabando con todos podré volver atrás, antes de que la abuela colgase la cuerda en el árbol.
Ojala un día todos valorasemos lo poco que tenemos: la vida en si.
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